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Obispo John Han Dingxian bajo arresto domiciliario. Murió en 2007 después de 35 años en prisión (China)
 
 
 
 
viernes, 21 de noviembre de 2008
"La cárcelo no fue un lugar infernal, fue el lugar de mi consagración"
En 1948, el régimen comunista de Rumanía liquidó la Iglesia greco-católica -uno de los ritos orientales de la Iglesia católica- forzándola a unirse con la Iglesia ortodoxa. Los siete obispos y muchos sacerdotes y laicos que no quisieron renunciar a la unidad con Roma fueron arrestados. Tertulian Langa, de 26 años, abogado y teólogo, fue arrestado entonces y pasó 17 años en prisión. Éste es el relato de su sufrimiento en prisión y de su unión a Cristo, extraído del documental Hacia el sol, de Ayuda a la Iglesia Necesitada
Tenía estrechas relaciones con el Episcopado y tenía contactos regulares con los obispos. Fui requerido por la Securitate para obtener información sobre la Iglesia y su actitud hacia el régimen comunista. Me golpearon sin que me hicieran una sola pregunta. Como no conseguían nada, cogieron un saco de arena del tamaño de una botella de un litro y comenzaron a golpearme en la cabeza: «¡Habla!» 50, 80, 1.000 veces, sin que me hicieran ni una sola pregunta. Sólo ¡Habla! ¡Habla! Era la noche de Jueves Santo. Oí sonar las campanas en una iglesia cercana, y de repente recordé que Jesús también había sido golpeado, y empecé a repetir: ¡Jesús, Jesús! Gritaba a Jesús para sufrir juntos. Me miré las heridas e, inconsciente por los golpes, seguía diciéndome: Jesús está conmigo.
Empezaron a amenazarme con hacer daño a mi esposa. Sabían que sólo habíamos estado juntos durante tres meses después de nuestra boda, y que ella estaba embarazada. Decían: «La traeremos aquí y la golpearemos hasta que dé a luz ante tus ojos». No me rendí a sus amenazas, pero fue lo más difícil que he tenido que soportar en la vida.
Tras dos años de interrogatorios, me condenaron a 20 años de trabajos forzados. Me llevaron a una prisión, con celdas individuales, en completo aislamiento. Era una celda sin nada, sin cama, silla o mesa alguna, sólo barrotes y una ventana con rejas. Estábamos desnudos, el tiempo empeoraba, hacía viento y nevaba. De repente oí que alguien tocaba en la pared: «Nos han traído aquí para morir de frío. Recuerde esto: el que no camina, muere». Seguí su consejo y caminaba durante 23 horas al día. A las doce en punto, cuando el sol entraba en las celdas, nos parábamos y nos arrodillábamos, luego el sol se iba y nos helábamos de frío, y volvíamos a caminar. Así, durante cuatro meses. Quien se paraba, moría.
Yo no era sacerdote cuando me enviaron a prisión. Fue allí cuando fui consciente de mi vocación. Todos los días rezaba el Rosario con un grupo de compañeros. Durante todo ese tiempo en prisión, en que viví sin la Eucaristía, la oración fue mi único medio de comunión espiritual.
Me llevaron a otro sitio. Mi esposa y mi hija, que tenía seis años, vinieron a visitarme. Yo no la conocía porque había nacido estando yo en prisión. Ella me reconoció, aunque nunca me había visto, y exclamó: «¡Papá!» El oficial se conmovió y la levantó sobre la reja para que pudiera tocarla. La besé, y nunca olvidaré aquel sentimiento, un beso cortado por los alambres comunistas.
Se me concedió el derecho a recibir correo. Entre las medicinas que recibí había una botella. Un oficial la probó y después escupió lo que había bebido a tierra. Era vino, dulce y nada amargo, pero Dios hizo el milagro de hacerle parecer a ese oficial que era un líquido amargo para escupirlo. Pudimos celebrar la Eucaristía con este vino, a escondidas, gracias a uno de los sacerdotes presos. Vertíamos ocho gotas de este vino con una gota de agua en una botella de penicilina. Guardábamos el Pan sagrado, sin saber quién podía necesitarlo en los días siguientes, y lo escondíamos en nuestra celda. Un día, tras volver del trabajo, uno de los oficiales más crueles de la prisión me estaba esperando: «¿Qué es esto? ¿Pan consagrado?» Contesté que sí, y entonces lo tiró todo al suelo. Me arrodillé y comencé a chupar todos los lugares donde yacía la Santa Eucaristía. Recogí todo lo que se podía recoger y me levanté. Entonces aquella bestia me preguntó: «¿Crees realmente?» Me eché a llorar y dije: «Sí, señor comandante, creo». Él se conmovió y, saliendo de la celda, me dijo: «Reza entonces por mi mujer, porque está enferma, tiene cáncer».
Cuando estaba al borde de mi resistencia, a fin de tomar fuerzas, me decía: Contigo, Cristo. No fue un lugar infernal, fue el lugar de mi consagración, fue el lugar donde muchas personas encontraron la fe, donde expiaron sus pecados. Por tanto, el diablo, si había querido hacernos sufrir, en realidad sirvió al designio santificante de Dios. El diablo estaba allí, pero estaba sentado a un lado, mordiéndose las uñas, viendo cómo había servido para aumentar nuestro amor a Jesús.
 
miércoles, 22 de octubre de 2008
Paz para Jerusalén
“Todos son bienvenidos y nosotros les ayudamos como podemos“, dice el obispo Antoine Audo de Aleppo (norte de Siria). Según palabras de la cabeza de la Iglesia caldeo-católica siria, decenas de miles de cristianos han huido de la guerra, la violencia y la persecución de Irak al país vecino. Según estimaciones del Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), debido a la violencia entre los diferentes grupos de población, un total de 1,8 millones de iraquíes han abandonado su país, y al menos 600.000 de ellos se han refugiado en Siria. El número de desplazados en Irak se calcula en 1,5 millones.
“Aquí han llegado 25.000 refugiados caldeo-católicos”, les ha dicho Mons. Audo a representantes de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Un número enorme, si consideramos que en Siria la Iglesia caldeo-católica unida a Roma sólo cuenta con 14.000 creyentes. El obispo Audo, perteneciente a la orden de los Jesuitas, ha puesto en marcha un programa de ayuda de emergencia para los recién llegados. En torno a 1.000 familias reciben periódicamente alimentos y una asistencia médica preventiva; en caso de necesidad, la Iglesia subvenciona operaciones quirúrgicas ineludibles. A 300 niños se les imparte semanalmente la catequesis, y la diócesis se hace cargo del alquiler del lugar de enseñanza y de los gastos de autobús.
En Siria viven actualmente cerca de 160.000 cristianos. Entre los creyentes de las diferentes confesiones existe un marcado espíritu de unión y de solidaridad. No obstante, el obispo de Aleppo, que lleva 15 años administrando la diócesis, mira con preocupación hacia el futuro: “La gente huye por miedo a la guerra y la persecución. La mayoría no quiere quedarse por mucho tiempo, sino emigrar a otro país como EE.UU. o Canadá, donde tienen parientes”.
El obispo Audo cree que para los cristianos de la región sólo habrá un porvenir si la política cambia radicalmente: “Necesitamos paz en Jerusalén, en Líbano, en todo Oriente Próximo”. Pero afirma que esta paz aún está muy lejana, y que, en su lugar, el fanatismo sigue creciendo, también como consecuencia de una política fallida. Señala que en Siria los cristianos no son víctimas de una discriminación abierta, pero que tampoco son realmente respetados. A ello cabe añadir la corrupción, que también margina a los cristianos. Según el obispo, muchos refugiados no vislumbran en Siria ninguna perspectiva económica para ellos y sus familias. En general, suelen quedarse en Damasco, sede de las embajadas, para obtener lo antes posible un visado. Algunos esperan durante años la obtención de este documento, pero persisten ante la esperanza de una vida mejor en el extranjero .
De ahí que la emigración no cese. En la parroquia de Damasco se han casado en tan sólo un año 350 parejas. Y lo curioso es que, en casi todos los casos, el esposo provenía de un tercer país, se casaba en Siria y regresaba con su mujer al nuevo país de acogida. En los EE.UU. ya viven 160.000 cristianos caldeo-católicos, y en Francia, unos 18.000.
 
miércoles, 22 de octubre de 2008
Sudán. Sufrimiento, reconstrucción y evangelización
“Lo que ocurre en Darfur ya llevan padeciéndolo 22 años los cristianos del sur de Sudán”, afirma el cardenal Gabriel Zubeir Wako, quien, tras una breve pausa, añade: “Oficialmente, reina la paz, pero lo cierto es que la población sigue sufriendo”. Cuatro millones de sudaneses principalmente cristianos, pero también animistas o seguidores de religiones naturales que huyeron del sur aún no han regresado a su lugar natal. Malviven en campamentos ubicados en las afueras de Jartum, la capital de Sudán, y en numerosos campos de refugiados de los países vecinos. “El Gobierno no hace nada”, resalta el arzobispo, “y la comunidad internacional ni tan siquiera se hace eco de la situación”.

Las condiciones de vida de los desplazados apenas han cambiado desde la firma, en enero de 2006, del acuerdo de paz entre el Gobierno islámico y el Movimiento/Ejército de Liberación (SPLM/A). Según informan los colaboradores de la asociación internacional Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) que han visitado el país, la situación sigue siendo “indigna e inhumana”. Los refugiados viven hacinados en espacios demasiado pequeños, carentes de cualquier tipo de atención médica… y de perspectivas de futuro. No reciben ningún tipo de apoyo del Gobierno, mientras que la Iglesia hace todo lo posible para ayudarles con los medios de que dispone. Tampoco se ha materializado la ayuda estatal prometida en el acuerdo de paz para la reconstrucción de las infraestructuras del sur. Faltan agua, electricidad, escuelas y centros de salud. El cardenal Zubeir Wako advierte: “La comunidad internacional debe recordarle al Gobierno las concesiones que firmó”.

El vicariato para los refugiados fundado en 1991 en la archidiócesis hace lo que puede por estas personas: ya se han reconstruido más de 300 parvularios y escuelas primarias y secundarias. En torno a 1.500 profesores y otras personas enseñan y asisten a la generación más joven. “Una estimación realista nos indica que, entre 1996 y 2006, alrededor de un millón de alumnos y alumnas se han beneficiado de este programa”, explica el P. George Jangara en un escrito de homenaje al 25º aniversario del cardenal Zubeir Wako como arzobispo de Jartum.

Ayuda a la Iglesia Necesitada lleva años apoyando la construcción y el mantenimiento de estas escuelas, y en estos momentos estudia otros proyectos con el arzobispado. La cuantía de la ayuda económica depende de los recursos disponibles. La asociación también promueve la formación básica y continua de los sacerdotes jóvenes. Cuando en 1981 el cardenal Zubeir Wako, siendo el único obispo nativo, se hizo cargo de la dirección de esta archidiócesis fundada en 1974, en Jartum había un solo sacerdote en activo. Hoy por hoy, y tras años de guerra civil y la expulsión de cientos de miles de cristianos del sur del país, hay 64. El número de parroquias ha pasado de 4 a 30. Además, en la región de Jartum y en todo el norte del país, las nuevas parroquias cuentan con el apoyo de varios cientos de catequistas formados.

Al cardenal Zubeir Wako no le gusta hablar de la extraordinaria evolución que ha experimentado la archidiócesis pese a la extrema pobreza, la guerra civil, los refugiados, el hostigamiento y las represalias por parte del Gobierno, y los constantes ataques violentos de grupos islámicos. Este prelado de 65 años de edad se considera “pastor de su rebaño”.
 
miércoles, 22 de octubre de 2008
“Utilizaron el terrorismo para destruir 300 pueblos cristianos en Líbano”
Artículo del P. Samer Nassif
“Mi país, el Líbano, país de montañas, apenas es más grande que un departamento francés. La palabra aramea “Líbano” significa “blanco”, en referencia a la nieve que cubre sus alturas. Líbano es parte de Tierra Santa, pues Cristo visitó el sur de Líbano, es decir, Tiro y Sidonia. Nuestros ancestros, los fenicios, fueron los primeros paisanos que adoptaron la fe cristiana, y San Pedro y San Pablo emprendieron el viaje con sus navíos para evangelizar Europa. Hay 4 millones de libaneses, y la mitad son cristianos, mientras que la diáspora libanesa reúne entre 14 y 16 millones de personas, de las que son cristianas un 80%. En Líbano hay 12 comunidades cristianas (6 de ellas católicas y 4 ortodoxas), 2 comunidades musulmanas y un número importante de kurdos y druzos, alauitas y judíos. En Líbano hay 2.000 sacerdotes, 3.000 frailes y 10.000 religiosas. Líbano es el último bastión de la francofonía en Oriente Próximo, gracias a las 50 congregaciones implantadas en él.

Yo tenía 8 años cuando estalló en Líbano una guerra preparada desde el exterior y dirigida en particular contra la comunidad cristiana en aras de intereses regionales e internacionales que iban mucho más allá del contexto libanés. Los libaneses han soportado 22 años de ocupación israelí y 30 años de ocupación siria. Estas dos ocupaciones han conducido en Líbano a una destrucción humana y material inconmensurable. Los cristianos fueron la punta de lanza de la resistencia contra la ocupación del régimen sirio, que utilizó el terrorismo para subyugar a los libaneses mediante la destrucción orquestada de 300 pueblos cristianos (entre 1983 y 1985), asesinatos políticos, masacres de inocentes, coches bomba, camiones suicidas, toma de rehenes, kamikazes y el armamento entregado a los islamistas y, sobre todo, a las milicias chiítas de Hezbolá con ayuda de Irán. Fue por tanto en la guerra del Líbano donde se sembró el germen del terrorismo que hizo eclosión aquel famoso 11 de septiembre en Nueva York y Washington.

Al abandonar Líbano en abril de 2005, el Ejército sirio no quiso desarmar a Hezbolá con el fin de poder seguir desestabilizando al país, pues el régimen sirio siempre ha soñado con hacerse con Líbano. Los libaneses han iniciado un diálogo a escala nacional para desarmar a estas milicias, un diálogo que la Administración estadounidense considera demasiado lento, por lo que se lo ha encomendado a Israel. Y es por eso que hemos vivido 33 días de guerra y horror, saldados con 8 millones de metros cuadrados de hormigón destruidos, entre ellos, 78 puentes e infraestructuras; 1.200 muertos, 4.000 heridos y una marea negra en el Mediterráneo provocada por 25.000 toneladas de petróleo. En el sur de Líbano, la tierra visitada por nuestro Señor Jesucristo, hay 120.000 minas antipersonas sin detonar. Después de haber reconstruido el país con enorme esfuerzo y sacrificio, volvemos a empezar de cero: una vez más, nos toca reconstruirlo todo. No es casualidad que Líbano se llamara antiguamente Fenicia, de la palabra Fénix, ese pájaro de fuego mítico que no muere jamás, porque siempre renace de sus cenizas. Por desgracia, también nos toca presenciar una nueva emigración cristiana. Sin embargo, continuaremos con el pequeño grupo restante: Líbano no morirá.

Guiada por iraníes y sirios, Hezbolá intenta dar un golpe de Estado en Líbano para derrocar al Gobierno libanés, libre e independiente. Atrapado en su propia estrategia, nunca llegará a cumplir sus fines maquiavélicos, contrarios a los intereses de Líbano y los libaneses. Líbano es un país protegido por numerosas gracias divinas.

Los libaneses confían en la intercesión del gran Papa Juan Pablo II, que consagró nuestro país: “Líbano es más que un país, es un mensaje”. Los libaneses esperan poder llevar a cabo esta misión que les ha sido encomendada, para poder convertirse, para Oriente y Occidente, en un mensaje de libertad, de democracia, de respeto a los derechos humanos, de convivencia pacífica entre diferentes comunidades religiosas y de diálogo cristiano-musulmán, en virtud de una experiencia secular. Por muy minoritarios y perseguidos que sean, los cristianos de Oriente tienen la misión de ser la luz de Cristo para los judíos de Israel y para el inmenso mundo musulmán multiétnico y multiconfesional que los rodea. Sin los cristianos, Jesucristo no estaría presente en Oriente Próximo. Y sin Jesucristo, el Príncipe de la Paz, la tierra de nuestro Salvador y de la Virgen María jamás encontrará una paz verdadera.

Los libaneses también confían en la intercesión de su gran santo, San Charbel: un eremita fallecido en 1898, beatificado por el II Concilio Vaticano en 1965, canonizado en 1977 y conmemorado por la Iglesia latina el 24 de diciembre. Su fama y milagros han recorrido el mundo entero. Su tumba es un lugar de conversión y peregrinaje para miles de jóvenes que, a través de San Charbel, el eremita que se unió a Cristo, conocen la maravilla y la santidad cristiana.

Los libaneses confían sobre todo en la intercesión de Nuestra Señora del Líbano, la Virgen María, declarada Reina por todos los libaneses, pues incluso los musulmanes la veneran a su manera. Y no fue casualidad que el fin de las hostilidades se decidiera el 14 de agosto de 2006, en la víspera de la fiesta de la Asunción. Y tampoco fue coincidencia que el levantamiento del bloqueo aéreo y marítimo impuesto a Líbano por Israel tuviera lugar el 7 de septiembre de 2006, en la víspera de la Natividad de la Virgen María. Estoy convencido de que es la Virgen María quien vela por mi país y Oriente Próximo. Lo que entristece al corazón de Nuestra Madre Celeste es que continúen las ofensas a su Hijo Divino. Porque seguimos sin ser capaces de compartir, seguimos cultivando la guerra, el odio y la muerte en la tierra natal de Jesucristo tras un siglo de conflictos. Nosotros los cristianos estamos fuera de este juego diabólico, pero debemos tomar conciencia de que esta parte del mundo es, en primer lugar, Nuestra Tierra Santa”.
 
miércoles, 22 de octubre de 2008
¡En Irak las iglesias tienen una razón de ser!
Es una religiosa joven que apenas ha cumplido los 25 años y que estudia en la Universidad de Mosul para ofrecer un mejor servicio a su congregación. El convento no está lejos de la universidad, pero como es demasiado peligroso ir andando, tiene que tomar un taxi. Hace poco, la religiosa presenció un atentado de bomba durante el trayecto: de pronto, tenía la ropa salpicada de sangre, pero fue afortunada, porque salió indemne. El hábito no puede llevarlo en público, porque los cristianos están amenazados en Irak.

En Mosul se sigue derramando sangre casi a diario. Ya no se perpetran atentados a gran escala, que son los que atraen la atención de la comunidad internacional sobre Irak, pero la violencia sigue presente en la vida cotidiana, según informa Marie-Ange Siebrecht, la experta en Oriente Próximo de la asociación católica internacional Ayuda a la Iglesia Necesitada, que ha viajado recientemente a este país. “Ahora se habla menos de Irak, aunque la situación sigue siendo realmente pésima”, añade.

Pero en el norte del país, donde se han refugiado muchos cristianos para huir de la violencia, la gente tampoco vive bien. Siebrecht señala: “Por naturaleza soy una persona optimista, pero me quedé horrorizada al presenciar la situación de la gente”. En los pueblos donde viven los desplazados no hay trabajo, por lo que la mayor parte ven pasar los días sin nada que hacer. “La gente carece de perspectivas de futuro, y muchos quieren abandonar el país”.

Pero también hay esperanza. “Las religiosas realizan una estupenda labor. La mayoría se han trasladado de Mosul a la zona de Nínive y al Kurdistán, donde se ocupan de los huérfanos, imparten la catequesis y visita a las familias. Son de total confianza”, señala Siebrecht con satisfacción. En su viaje también ha podido comprobar el entusiasmo con que trabajan muchos sacerdotes jóvenes y laicos, y que las personas, precisamente ahora, están deseosas de saber más de la fe. “Debemos dar mayor apoyo a la catequesis. Hay muchos niños que hacen la Primera Comunión, y las iglesias están repletas. En Kirkuk acudimos a la Santa Misa un domingo normal y corriente, y nos encontramos con más de mil creyentes”, recalca. “En Irak, las iglesias necesitan protección armada, pero la gente no deja de acudir a ellas. Debemos rehabilitar los centros de catequesis y facilitarles material de enseñanza. La ayuda humanitaria también es importante, pero la necesidad de catequesis es enorme, y nosotros deberíamos satisfacerla”. Parece un milagro, pero es que, además, hay muchas vocaciones religiosas, pese o quizás precisamente por el acorralamiento que experimentan los cristianos en Irak, y pese o precisamente porque los cristianos siguen siendo víctimas de asesinatos y secuestros. Hace poco fueron asesinados en Mosul otros dos cristianos, y aún así, muchos jóvenes quieren ser sacerdotes o religiosas. En sus rostros se dibuja la sonrisa de la que carece su país".

Esta zona es la cuna del Antiguo Testamento: Babilonia, Ur, Nínive y Mesopotamia estaban en el Irak actual. “¡Las iglesias tienen aquí una razón de ser y pueden realizar una importante contribución a la paz en Irak! La Iglesia no debe desaparecer de esta región. Ha de seguir su vocación y apoyar a la gente”, señala Siebrecht. Pero ¿qué conclusión ha sacado de sus experiencias y encuentros con los cristianos iraquíes? “Nosotros, como Ayuda a la Iglesia Necesitada, debemos redoblar esfuerzos para que los cristianos iraquíes permanezcan en su tierra natal. ¡Todos los cristianos del país deben unirse para labrarse juntos un futuro!
 
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